¿Qué hubiera pasado si la luna esa noche, moneda gigante argentada se quedaba, no desaparecía y no se transformaba en tormenta, con círculos negros en giros diablescos, enroscados, bailoteando a su alrededor?
Quizás a la jovencita Delfi no le aconteciera una noche interminable, indeleble infierno, si es que lo hay.
Pudo ocurrir que la niña de ojazos negros y su pelo partido al medio se estrenara el vestidito azul que tanto le costara conseguir a fuerza de mandados para la Gran Señora. O acaso adornara su cuello con el collar de perlas, una de las baratijas que le obsequiara como reliquia la niña Karen, de la que ella no distinguía su calidad y agradeciera, esperara el momento de lucirlo y se calzara sus zapatos los tan viejos, también herencia que dale que dale, pero brillosos, tan lustrados así quedaron, un espejo.
Mas la luna se fue, la abandonó, la tormenta arreció. Desde el ventanuco de su pieza vio caer las primeras gotas al son de una ranchera venida de lejos y las acompañó con tristeza con el tamborileo de sus dedos contra el vidrio.
Después sonaron las gotas cada vez más fuerte, como los cascos de un caballo en tropel empapando el vidrio y la hizo noche cerrada. Esperaba la hora, su hora, con ansias, algo de inquietud y mucha timidez. ¡Su primera salida!
Ella se quedó sin su cita con el chico del almacén, el de los ojos verdes que bien la miraba y ella le pestañeaba con disimulo.
La joven empezó a tener miedo. En la casa nadie quedaba. Oyó que bajaban a su cuarto pisadas crujientes. Cada escalón que crujía la sobrecogía más y más.
No tengas miedo, se decía, son los ratones o quizás el Picho que está asustado como yo y viene por compañía
La puerta se abrió. Desde el vano la cara del Niño sonreía maliciosamente.
¿Por qué la luna no volvió y se quedó de vigilia esa noche?
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