jueves, 25 de marzo de 2010
lunes, 8 de marzo de 2010
¡MUJERES!
Está expirando el día consagrado para LA MUJER.
Consagrada es una palabra por demás fuerte, precisa, podría decir bendecida, santificada, me quedo con la primera.
Se me ocurre que con ella puedo albergar a todas las mujeres que día a día del brazo del hombre o sin él, enfrentan la vida. La vida que les ha tocado en suerte con el privilegio de haber nacido mas no elegido.
En todas las mujeres me celebro pero hay unas...unas... extarordinarias de tan ordinariamente perfectas.
Ellas son LAS MADRES. Las Madres de la Plaza. Las locas de la Plaza. Las heroínas de la Plaza.
En ellas me celebro y a ellas las honro una vez más, en nombre de todas las otras.
MADRES DE LA PLAZA, las abrazo.
EL NEGO
No había en el barrio chicos que se hicieran tan rápido más que amigos. Después de salir del colegio de cada uno, no asistían al mismo, tomaron la costumbre de juntarse todas las tardes en la esquina, menos los sábados, porque los sábados corrían derecho a la canchita. Eran tres los amigos, Julio, Alfredo y El Nego. El tema para ellos era conseguir la pelota de basquet ya que el aro estaba, no era fácil obtenerla y ellos morían por jugar.
A Julio le era imposible, en el barrio era casi nuevo, no tenía conocidos a quienes les importara ese juego y menos quienes le prestaran la pelota.
Alfredo se escapaba para los encuentros por lo tanto no podía suplicarle al hermano que les pidiera a sus amigos. Ellos tenían una fenomenal y El Nego era el menos que menos indicado. Era negro. Un chico de color. ¿Quién le iba a prestar algo? ¡A ver si la robaba!
A Julio le era imposible, en el barrio era casi nuevo, no tenía conocidos a quienes les importara ese juego y menos quienes le prestaran la pelota.
Alfredo se escapaba para los encuentros por lo tanto no podía suplicarle al hermano que les pidiera a sus amigos. Ellos tenían una fenomenal y El Nego era el menos que menos indicado. Era negro. Un chico de color. ¿Quién le iba a prestar algo? ¡A ver si la robaba!
Siempre jugaba un grupo de muchachos, podría ser que la tocaran, nada más. en el caso de que ellos les permitieran tanto, como agarrarla y devolverla de inmediato. La gran suerte fue el día en que después del picado de los grandes, nunca supieron por qué milagro sucedido, los jugadores se fueron y detrás de un ligustro, ella los miraba. Nuevita, naranja, perfecta. La comieron con la vista estupefactos, con ojos inquietos.
El tesoro escondido brillaba entre la oscuridad de las plantas. Relucía, como el sol que no deja ver cuando pega fuerte al mediodía. Se relojearon. No se animaban a tocarla.
- Dale, le dijo Julio a Alfredo con un empujón, agarrala.
- ¿La agarro? ¿Y si vuelven y se creen que la robamos?
- ¿Cómo van a creer que la robamos? ¿No te das cuenta que se la olvidaron?
- No, tengo miedo y lo dijo disimulando con cara de recelo.
- Bueno, se rascó la cabeza Alfredo y miró al Nego. Agarrala vos, Nego,.igual les vamos a decir la verdad, que la vimos y la estamos cuidando.
Y así fue. La cuidaron por tiempo indeterminado. Indeterminado y nunca pensado. De allí en más los encuentros se fueron organizando. La hora, la presencia infaltable de los tres y el acople de otros para armar partido.
Julio era buen chico, un gran compañero pero no jugaba para nada, no tenía piernas, no agarraba una, del aro, sabía que estaba ahí pero jamás encestaba alguna. En cambio Alfredo, por su dribleo, su rapidez en el desmarque perfecto, siempre metía una.
Pero el que daba gusto de ver era el Nego. El Nego era un gamo. Agarraba la bol debajo del aro, hacía un pivot, entraba en la llave, ni siquiera le pegaba al tablero y era tanto seguro.
Entre los tres con otros dos armaron el equipo. Los deberes y los mandados quedaban siempre por hacer en la mitad.
El profesor de gimnasia de Alfredo, que ya estaba en 2°, considerando que el muchacho se perfilaba decidió llevarlo a River.
- El sábado vamos, pibe. El chico no creyó que hablara en serio. El profe insistió. Alfredo se decía en el camino, fue a mí, a mí.
Se animó - profe, tengo dos amigos que juegan bien, jugamos siempre juntos, ¿pueden ir?
- Traélos, fue la respuesta. ¿Juegan bien?
- Ya lo va a ver al Nego, ya lo va a ver.
Pero el que daba gusto de ver era el Nego. El Nego era un gamo. Agarraba la bol debajo del aro, hacía un pivot, entraba en la llave, ni siquiera le pegaba al tablero y era tanto seguro.
Entre los tres con otros dos armaron el equipo. Los deberes y los mandados quedaban siempre por hacer en la mitad.
El profesor de gimnasia de Alfredo, que ya estaba en 2°, considerando que el muchacho se perfilaba decidió llevarlo a River.
- El sábado vamos, pibe. El chico no creyó que hablara en serio. El profe insistió. Alfredo se decía en el camino, fue a mí, a mí.
Se animó - profe, tengo dos amigos que juegan bien, jugamos siempre juntos, ¿pueden ir?
- Traélos, fue la respuesta. ¿Juegan bien?
- Ya lo va a ver al Nego, ya lo va a ver.
Era lunes. De lunes a sábado le sobró tiempo para pensar y soñar. Primero bajar a tierra, después el permiso. A Alfredo le iba a ser fácil, a Julio no porque apenas lo dejaban ir a la canchita y al Nego, del Nego se sabía que vivía en la “casa de goma”, porque eran como quinientos, que era un genio con sus patas flacas siempre con zapatillas mostrando los dedos de los pies y con brazos más largos que cualquier distancia hacia el aro y ¡eso que había como 3 metros!
Consiguieron los permisos. El Monumental era monumental, una herradura imponente. Levantaron los ojos y el coloso estaba allí. Ninguno de los tres articuló un sonido. La majestuosidad los convirtió en hormigas de las más chicas que se aplastarían sólo con apoyar un pie.
El profe habló con el de los millonarios. Mientras esperaban y se acomodaban un poco las zapatillas y ordenaban las camisetas que habían conseguido, el profe de Alfredo les contaba que de allí eran los grandes López, Leiva y Contarbio. Alfredo había oído al abuelo hablar de Contarbio. ¡Sí, eran famosos y ellos estaban ahí!
- Bueno, van a entrar de a uno cuando les diga, habló el otro con seriedad. El primero, vos y señaló a Julio. Julio, pobre, no daba pie con bola, no le pasaban una y no agarraba ninguna. Claro. Julio no jugaba. Se quedaba parado y la veía pasar, por arriba, por abajo.
En el segundo cuarto hizo entrar a Alfredo. A pesar de que no le deslizaban una, la luchaba cuando la tenía y mostró que podía y podría dar más.
Al Nego lo llamó al final, casi olvidado, que estaba parado como un tizón alto, enhiesto, con sus palmas blancas listas para picar la pelota, driblear, hacer un pivot increíble y todo lo que hacía naturalmente como tirar un tiro libre desde donde fuera y hacerla entrar.
El que entró fue él. Entró. Lo hizo todo. Los dio vuelta como una media. El Nego pintaba para lujo. En cinco minutos de juego encestó seis veces con sus dos pasos clásicos.
Se despidieron del club, del profe que le tocó el hombro a Julio y lo citó para el siguiente sábado. Julio con timidez preguntó por los otros dos.
- No, vení vos que te pruebo otra vez, tenés condiciones.
- ¿Y el otro, y el Nego? El Nego ¿no es lo más grande que hay?
- Sí, pibe, el negrito juega bien…vení vos el sábado.
Se fueron los tres, el profe del cole se quedó. Para Julio estaba todo terminado. Los tres o nada.
- Bueno, van a entrar de a uno cuando les diga, habló el otro con seriedad. El primero, vos y señaló a Julio. Julio, pobre, no daba pie con bola, no le pasaban una y no agarraba ninguna. Claro. Julio no jugaba. Se quedaba parado y la veía pasar, por arriba, por abajo.
En el segundo cuarto hizo entrar a Alfredo. A pesar de que no le deslizaban una, la luchaba cuando la tenía y mostró que podía y podría dar más.
Al Nego lo llamó al final, casi olvidado, que estaba parado como un tizón alto, enhiesto, con sus palmas blancas listas para picar la pelota, driblear, hacer un pivot increíble y todo lo que hacía naturalmente como tirar un tiro libre desde donde fuera y hacerla entrar.
El que entró fue él. Entró. Lo hizo todo. Los dio vuelta como una media. El Nego pintaba para lujo. En cinco minutos de juego encestó seis veces con sus dos pasos clásicos.
Se despidieron del club, del profe que le tocó el hombro a Julio y lo citó para el siguiente sábado. Julio con timidez preguntó por los otros dos.
- No, vení vos que te pruebo otra vez, tenés condiciones.
- ¿Y el otro, y el Nego? El Nego ¿no es lo más grande que hay?
- Sí, pibe, el negrito juega bien…vení vos el sábado.
Se fueron los tres, el profe del cole se quedó. Para Julio estaba todo terminado. Los tres o nada.
Jukio nunca más jugó. Estudió en el nacional y se dedicó al comercio.
Alfredo siguió jugando en el club del barrio.
El Nego está en Brasil jugando en primera.
Allá no se nota para nada que es negro.
ROLY Y EL PIQUI - El compromiso

Se levanta muy temprano, al alba. Hoy tiene un compromiso ineludible. Con el Piqui. Se lo prometió y las promesas se cumplen, como dice la abuela. La abuela sabe lo que dice.
- Hoy vamos a la cancha, nene. ¡Yo te llevo a la cancha!
No tenía las entradas para el clásico que le encargara y pagara a Alberto. Hacía días que Alberto no aparecía y cuando aparece le dice que ya se las trae, que se las olvidó. Pero no vuelve y él decide ir igual. Ya voy a entrar. Así de fácil, dice.
- Hoy vamos a la cancha, nene. ¡Yo te llevo a la cancha!
No tenía las entradas para el clásico que le encargara y pagara a Alberto. Hacía días que Alberto no aparecía y cuando aparece le dice que ya se las trae, que se las olvidó. Pero no vuelve y él decide ir igual. Ya voy a entrar. Así de fácil, dice.
Roly termina su baño diario, se refriega con el jabón blanco que su abuela guarda para él, que le deja la cabeza lustrosa y le aplasta sus rulos caracoleados.
Le había pedido permiso a Don Roque, “el tano” como lo llaman en el barrio, el patrón del almacén donde hace los mandados. Se lo dio, aunque es tano y no es de Boca. En el almacén hay caras en las paredes, debajo del vidrio de la fiambrera que se cae de vieja, bailotean fotos con camisetas blancas y la banda roja cruzada, también banderines que van de un extremo a otro del negocio
Roly traga la escenografía día tras día, pero la paga es buena para él que ayuda a “su ma”, como llama a esa abuela re piola, buena como el pan que amasa y además, el Roly se considera un rival fanático pero tranquilo.
Le había pedido permiso a Don Roque, “el tano” como lo llaman en el barrio, el patrón del almacén donde hace los mandados. Se lo dio, aunque es tano y no es de Boca. En el almacén hay caras en las paredes, debajo del vidrio de la fiambrera que se cae de vieja, bailotean fotos con camisetas blancas y la banda roja cruzada, también banderines que van de un extremo a otro del negocio
Roly traga la escenografía día tras día, pero la paga es buena para él que ayuda a “su ma”, como llama a esa abuela re piola, buena como el pan que amasa y además, el Roly se considera un rival fanático pero tranquilo.
Llegan desde el fondo de Morón hasta Parque Lezama, así le explican en el tren que los trae y el chico le pregunta primero a un hombre y luego a una mujer cómo llegar a la Bombonera.
-. No sé ¡Dos chicos con aspecto de “cabecitas”, dice la mujer y tienen plata para comprarse camisetas de futbol. ¡Habráse visto! Ellos no escuchan“las alabanzas”, ya están andando.
Empieza por pensar en la plaza que se le hace inmensa y la forma de salir. Al levantar la mirada, allí, al frente, bien de frente, como en un sueño, algo lejos, una visión, allí está.
- Mirá Piqui, mirála bien. ¡Mirá qué grande!
- ¿Ya viniste vos?
- No, es la primera vez que la veo así, de cerca. ¿Ves los colores alrededor? Como diría la abuela ¡Es fascinante! ¡No hay nada igual!
- No, no veo los colores.
A Roly la Bombonera le fulgura como el lucero de la noche y es de día. La ve envuelta como con un arco iris, el que aparece después que llueve.
Llegan a la calle ¡Aris .tó... bu.. lo del Va lle! exclama el grande.
Se acerca la hora. Hacen la cola. Los pies murmuran en el suelo, se acomodan unos tras otros pidiendo espacio. Pasa el tiempo. La hora corre. La cabecita azul y amarilla del Piqui se pierde entre rodillas que empujan hacia delante y atrás.
Llegan a la puerta.
El hombre de la puerta con mirada sin mirar les pide las entradas. A Roly se le caen los ojos de la cara, sus manos están vacías como su boca.
- No tengo, dice.
- Bueno pibes, hagan aire, contesta el hombre apuntando al de atrás.
Ellos hacen aire.
El murmullo crece, ensordece. Cabizbajas, agotadas las cabezas de otear arriba, a los costados, atrás, salen de la hilera desprolija de hormigas pedigüeñas ¡pero que tienen entradas y ellos no! y se sientan en el suelo, por ahí.
- Hice lo que pude Piqui. No llorés, yo creí que podíamos El Piqui no llora, lagrimea en silencio, está acostumbrado a llorar callado.
- Vení, vamos a ver otra vez.
La gorra calada hasta las orejas al chiquito no le permite enterarse dónde está parado y se sobresalta cuando una mano se apoya en su hombro. Da un respingo de gato como los que hace cuando los chicos le tiran piedras.
- ¿No pueden entrar, pibes? la que habla es la voz de la mano.
Roly siente los rulos apretados en la cabeza, el corazón que se le estruja, le golpea el pecho. Se asusta. No llora. Hace años que dejó de llorar gracias a la abuela.
- No, no tengo entradas. Las pagué y no me las dieron. Le quería contar al de la puerta. ¡Yo le prometí a mi hermano! Las palabras salen de su boca como el cúmulo de un volcán, sin miedo.
Los 16 de Roly, los 7 del Piqui y su gorra y las camisetas de la gloriosa le pegan fuerte al hombre de la voz en la mano.
- Vengan los dos, pegados a mí.
¡Otra vez en la puerta! Las tres cabezas en declive, de mayor a menor, la blanca, la de rulos y la azul y amarilla, están en hilera.
- Rodríguez, dejá pasar a estos pibes, son mis sobrinos. Rodríguez, genuflexo, asiente.
Arriba de todo, donde se juntan el cielo, el aire y los gritos, mientras Roly se para a cada cabezazo de Palermo, unos ojos enormes, debajo de la gorra azul y oro no se pueden cerrar por el asombro ni por la fascinación.
-
domingo, 21 de febrero de 2010
DEL BING BANG AL "CAOS" DE JUGUETE
Este poema fue pedido a juantefuisteporlasletras, escritor que nunca se va por ellas y al cual le tengo profundo respeto
por su sensiblidad y por todo lo que de su pluma sale.
Gracias Juan
El cementerio de Puerto Príncipe
ya no alcanza y los muertos escapan
por los pliegues del olvido
y quieren volver… no sabemos…
quieren volver.
El cementerio de Puerto Príncipe
es un lugar silencioso
donde apenas hay visitantes
y el mundo de los difuntos
ya es estrecho
El cementerio de Puerto Príncipe
tiene callejuelas apretadas
donde se tropieza a cada paso
codo a codo
con los dolores de siempre
El cementerio de Puerto Príncipe
es el único cementerio… no hay otro
y las mujeres dejan en las tumbas
botellas de cerveza
que gustan a sus finados
En el cementerio de Puerto Príncipe
nadie limpia los sepulcros
nadie cambia sus flores
nadie llora sus desgracias
nadie huele la brisa de muerte
En el cementerio de Puerto Príncipe
los gallos ya no cacarean
los gatos escapan de sus rincones
los gusanos se sorprenden
los colibríes murmuran
En el cementerio de Puerto Príncipe
el enterrador tiene la cara huesuda
arrastra una pala oxidada
y se detiene cansado en cada fosa común
pero ya no duerme ahí
En el cementerio de Puerto Príncipe
la gente deja a sus muertos
en la entrada
y día a día se acumulan montañas de féretros
sin nombre… uniformes
En el cementerio de Puerto Príncipe
la gente que llega con sus difuntos
está sudorosa y hambrienta
y se recuerdan entre ellos
que algún día serán difuntos
En el cementerio de Puerto Príncipe
no existen duelos, todo esta apretado
no existen lápidas, todo es frágil
nada es definitivo, todo es eterno
como un sueño
En el cementerio de Puerto Príncipe
el sismo no destruyó su construcción
y hay 200.000 cajones esperando
su turno desencajado
en una fila de muerte abandonada
En el cementerio de Puerto Príncipe
no hay lápidas que recuerden
y sí nichos sin identidad
no hay quien lleve las cuentas
sí una sola visitante que cubre su nariz
con un pañuelo
En el cementerio de Puerto Príncipe
el enterrador está muy flaco y ojeroso
y tenía 8 hijos y una mujer
que cenaban todas las noches con maíz
ahora la venas de sus brazos son ramas.
En el cementerio de Puerto Príncipe
la visitante que tiene una túnica blanca
se lanzó al suelo polvoriento
y en su trance de gritos desesperados
las últimas palomas huyeron
En el cementerio de Puerto Príncipe
hay una cita de Víctor Hugo
que menciona la eternidad
mientras el sello de origen francés
se mantenga en las retinas
El cementerio de Puerto Príncipe
es vigilado desde lejos por tropas yanquis
aseguran que la sobrepoblación
es sospechosa de un sueño
y los finados quieren escapar
cada uno con su botella de cerveza
Este trabajo me fue inspirado por la información enviada por Ramón Lobo desde Haiti.
Juan Disante
Revisar: http://juandisante.blogspot.com
por su sensiblidad y por todo lo que de su pluma sale.
Gracias Juan
El cementerio de Puerto Príncipe
ya no alcanza y los muertos escapan
por los pliegues del olvido
y quieren volver… no sabemos…
quieren volver.
El cementerio de Puerto Príncipe
es un lugar silencioso
donde apenas hay visitantes
y el mundo de los difuntos
ya es estrecho
El cementerio de Puerto Príncipe
tiene callejuelas apretadas
donde se tropieza a cada paso
codo a codo
con los dolores de siempre
El cementerio de Puerto Príncipe
es el único cementerio… no hay otro
y las mujeres dejan en las tumbas
botellas de cerveza
que gustan a sus finados
En el cementerio de Puerto Príncipe
nadie limpia los sepulcros
nadie cambia sus flores
nadie llora sus desgracias
nadie huele la brisa de muerte
En el cementerio de Puerto Príncipe
los gallos ya no cacarean
los gatos escapan de sus rincones
los gusanos se sorprenden
los colibríes murmuran
En el cementerio de Puerto Príncipe
el enterrador tiene la cara huesuda
arrastra una pala oxidada
y se detiene cansado en cada fosa común
pero ya no duerme ahí
En el cementerio de Puerto Príncipe
la gente deja a sus muertos
en la entrada
y día a día se acumulan montañas de féretros
sin nombre… uniformes
En el cementerio de Puerto Príncipe
la gente que llega con sus difuntos
está sudorosa y hambrienta
y se recuerdan entre ellos
que algún día serán difuntos
En el cementerio de Puerto Príncipe
no existen duelos, todo esta apretado
no existen lápidas, todo es frágil
nada es definitivo, todo es eterno
como un sueño
En el cementerio de Puerto Príncipe
el sismo no destruyó su construcción
y hay 200.000 cajones esperando
su turno desencajado
en una fila de muerte abandonada
En el cementerio de Puerto Príncipe
no hay lápidas que recuerden
y sí nichos sin identidad
no hay quien lleve las cuentas
sí una sola visitante que cubre su nariz
con un pañuelo
En el cementerio de Puerto Príncipe
el enterrador está muy flaco y ojeroso
y tenía 8 hijos y una mujer
que cenaban todas las noches con maíz
ahora la venas de sus brazos son ramas.
En el cementerio de Puerto Príncipe
la visitante que tiene una túnica blanca
se lanzó al suelo polvoriento
y en su trance de gritos desesperados
las últimas palomas huyeron
En el cementerio de Puerto Príncipe
hay una cita de Víctor Hugo
que menciona la eternidad
mientras el sello de origen francés
se mantenga en las retinas
El cementerio de Puerto Príncipe
es vigilado desde lejos por tropas yanquis
aseguran que la sobrepoblación
es sospechosa de un sueño
y los finados quieren escapar
cada uno con su botella de cerveza
Este trabajo me fue inspirado por la información enviada por Ramón Lobo desde Haiti.
Juan Disante
Revisar: http://juandisante.blogspot.com
sábado, 16 de enero de 2010
SUEÑO CON GAMBETAS

Año 1996
En mi pueblo me dicen siempre cómo juega este chico, es otro Diego. Estoy en el equipo del Club Tacurú desde los 6 años. ¡Me gusta tanto el fútbol! Mamá y papá ya me advirtieron que juegue pero que estudie. Y a mí me gustan las dos cosas.
Quiero entrenar, jugar, gambetear, no me duelen los raspones de las rodillas. Bueno, a veces sí.
Cuando llegue a los diecinueve, si puedo voy a estudiar para contador como mi papá.
Año 1999
Acabo de terminar séptimo. Sin una nota baja. Voy a Mar del Plata en el viaje de egresados. No la conozco. Hice viajes con el club, pero siempre cerca, en otros pueblos chicos.
Sigo entrenando y sigo con el sueño de jugar en un club grande. No se lo digo a nadie. A ver si se ríen.
Año 2004
Estoy en 5º. Estamos preparando el viaje a Bariloche. Allí vive mi tío que es médico.
En el entrenamiento de hoy tuve una sorpresa inmensa. Vinieron al Tacurú unos representantes del club más importante de Buenos Aires buscando jugadores para llevarlos. Me di cuenta de que ésa era la intención por el cuchicheo con nuestro entrenador, con los directivos y por la forma de mirar nuestro juego.
Hay uno que debe ser el que “corta el bacalao”, como dice mi abuelo, porque me llamó y pidió hablar con mi viejo. Suerte que vivimos a una cuadra de la cancha.
Estuve presente. Tuvieron palabras elogiosas para mí. Les gustó mi estilo, mi ligereza en las gambetas. Se interesaron por mis estudios y me felicitaron porque no me llevé ninguna.
Año 1999
Acabo de terminar séptimo. Sin una nota baja. Voy a Mar del Plata en el viaje de egresados. No la conozco. Hice viajes con el club, pero siempre cerca, en otros pueblos chicos.
Sigo entrenando y sigo con el sueño de jugar en un club grande. No se lo digo a nadie. A ver si se ríen.
Año 2004
Estoy en 5º. Estamos preparando el viaje a Bariloche. Allí vive mi tío que es médico.
En el entrenamiento de hoy tuve una sorpresa inmensa. Vinieron al Tacurú unos representantes del club más importante de Buenos Aires buscando jugadores para llevarlos. Me di cuenta de que ésa era la intención por el cuchicheo con nuestro entrenador, con los directivos y por la forma de mirar nuestro juego.
Hay uno que debe ser el que “corta el bacalao”, como dice mi abuelo, porque me llamó y pidió hablar con mi viejo. Suerte que vivimos a una cuadra de la cancha.
Estuve presente. Tuvieron palabras elogiosas para mí. Les gustó mi estilo, mi ligereza en las gambetas. Se interesaron por mis estudios y me felicitaron porque no me llevé ninguna.
Quedaron en volver. Yo creo que no vuelven
Año 2005
Año 2005
Volví de Bariloche. Vinieron los del club de Buenos Aires. No estoy muy al tanto. Sólo sé que mi viejo firmó un contrato para integrar la 3ª, estoy al borde de los dieciocho.
Año 2009 – enero
Año 2009 – enero
Hace cuatro años que estoy en este club grandioso. Vivo en una pensión del barrio de Belgrano. Entreno tres veces por semana, lo terrible es que nunca un partido. Sólo entrenamientos. Mi viejo hizo ya tres consultas con abogados y no consigue que me liberen.
2009 – noviembre
Empiezo la facultad en Córdoba en abril del año que viene.
¡Libre al fin! Estoy en mi pueblo, en el Tacurú. Juego un partido todos los domingos. No llegué a 1ª en la capital. ¡Pero juego!
¡En Tacurú juego!
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miércoles, 16 de diciembre de 2009
VIAMONTE Y CALLAO. MEDIACIÓN
La rodilla me dolía como la noche del accidente, allá por mayo, en el tren de Córdoba a Buenos Aires. Nos caímos María Luisa y yo, ella en el baño “como una tortuga”, insiste, y yo en el ante baño, de rodillas, a modo de monja en oración. El tiempo fue interminable desde las 22 horas en que acaeció el infortunio hasta las 10 del día siguiente en que arribamos a Retiro,.
Hoy, a siete meses, salía de” la mediación” con el Ferrocarril, dolorida y enojada. Me había desencontrado con la abogada, yo llegué tarde. Bronca, impotencia. Me atendieron las mediadoras cuya explicación fue que no considerara que a la otra parte le interesarían mis perjuicios, sino que allí se peleaban cifras. ¡Qué le importaba al Ferrocarril que yo apenas pudiera caminar cuatro cuadras, no lateralizara la pierna a derecha ni a izquierda, me punzara al ascender o bajar de un coche o colectivo, que tuviera miedo de viajar en micro y menos en tren!
Ya en la calle, con un cúmulo de enojos y a punto de estallar en llanto, ahí nomás, se cayó alguien adelante mío. Corrí el metro que me distanciaba, un flaco, morocho, pelado, con las piernas entrelazadas, más joven que yo, era él.
La mujer que lo acompañaba no podía con sus paquetes y bolsas de radiografías. Me agaché como pude, levanté su cabeza para verle la cara y él haciendo pucheros lloraba como un nene. Le inquirí si podía decirme dónde le dolía. No contestó. Insistí. La mujer dijo que no hablaba.
Lo tomé de la barbilla, le pregunté ¿aquí? ¿acá? Sólo lloraba.
Lo sentaron en una silla en la puerta del garage en que se había caído y luego en un taxi.
Le estampé un beso en la mejilla y le dije al oído, no va a ser nada
Caminé las tres cuadras que quedaban hasta Corrientes y esta vez sí que mis ojos lloraron.
Me pareció que el dolor en la rodilla había cesado, que la mediación y el Ferrocarril no me importaban y que Viamonte y Callao estaban desiertas..
Caminé las tres cuadras que quedaban hasta Corrientes y esta vez sí que mis ojos lloraron.
Me pareció que el dolor en la rodilla había cesado, que la mediación y el Ferrocarril no me importaban y que Viamonte y Callao estaban desiertas..
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