
Vivian – Isolda, transcurría sus horas en su bungalow de Tigre frente a la computadora, leía y escuchaba a…Wagner. Wagner y su Tristán la transportaban al mundo al que arribó y aceptó en principio muy a pesar suyo, pero hoy era su razón de ser.
El día que la Editorial M.C. le propuso una entrevista se negó y así hizo tantas veces como insistieron. Las llamadas telefónicas la alteraban cada día más.
Tomaba un té con Claudia ¿Mathilde? Terminadas las cláusulas para la edición de la novela, la miró. Decidió que fuera en lugar suyo. Claudia se rindió por su persistencia y aceptó reemplazarla.
En la entrevista, ante el interrogante de que no se diera a conocer nunca, la chica se excusó admitiendo una timidez no resuelta. Sobrevino una invitación radiofónica y luego una televisiva.
Vivian – Isolda la dirigía progresivamente en forma total. Qué decir, cómo opinar, cómo vestirse. La joven llegó a adquirir la personalidad de “la escritora misteriosa”.
Cambió sus conceptos intrínsecos. De ser una creyente pasó al ateísmo, su piedad acostumbrada por una crueldad definitivamente arbitraria. El común alboroto de sus papeles y notas se convirtió en orden exquisito, la mirada altanera tomó la languidez de las gacelas en pena.
Transfiguró su apariencia. Ya no más displicencia en el vestir, ahora la sobriedad de los trajecitos con blusas bordadas y lazos conformaban su nuevo vestuario.
Claudia pasó a ser Vivian, que para Vivian era Mathilde.
Unas manos colocaron la versión de siempre en el centro musical que inundaba el bungalow de Tigre.
“Se investigan las huellas de un CD hallado y se trata de identificar el cuerpo de la mujer que yace en la bañera del departamento de Tigre”
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