jueves, 22 de noviembre de 2007

FLORENCIA


Te vi. Y me dije, con esta chica me caso yo. Era una frase de niño y éramos dos niños. Tendrías doce y yo trece. Fue a través de un alambrado. El que separaba tu casa de la de mis tíos. La blusa blanca que vestías apenas mostraba tu cuerpecito de ésos, tus doce años. Te seguí viendo por un tiempo y seguí alimentando la idea de que alguna vez fueras mía.
El tiempo, ese carretel de hilo que no para de desenrollarse siguió su camino, hilvanando historias. Historias dispares. No volví a verte. ¿Cuántos años pasaron? Veinte.
Veinte años en el camino de un muchacho de familia acomodada en un país que no era el mío. ¡Veníamos de tan lejos! ¡Mi Cuba lejana! La de mis abuelos, mis padres.
Colegio, profesores, salidas, diversiones, aprendiendo modismos argentinos y tratando de conservar los míos, con un toque brasileño, que también nos atraía. Eso que hace tan particulares a los brasileños.
Hasta que volví a verte. ¿Cómo te reconocí? Tenías el mismo color de pelo, de un castaño brillante. Los ojos penetrantes, engarzados en esa cara inolvidable. La boca, la boca tan amplia como los dientes perfectos, idénticos como el día aquel que me dijiste tu nombre. Florencia.
Florencia. ¡Cuántas veces traté de contar y recontar la cantidad de Florencias que conocía! Ninguna como la pequeña Florencia de los ojos agudos, tan agudos que quedaron prendidos cual garrapatas.
Te llamé por tu nombre en la esquina de Florida y Sarmiento. Justo en la esquina de la Franco – Inglesa.Una esquina inconfundible de Buenos Aires.
No dudé. Dije Florencia y te diste vuelta. Eras Florencia. Esa Florencia, ramillete de flores con el que había soñado tantas noches. Cimbreante entonces, voluptuosa ahora, con la cadencia propia de la mujer latina. Un halo te rodeaba para mi gozo y deleite y para los que accidentalmente, como yo, te veíamos en medio del gentío, destacándote como una estatua virginal. Te volviste y me reconociste de inmediato. Un ¡José María! salió de tus labios rojos. Te invité a un café cercano y allí sentados contra la vidriera, horas y horas hablamos de la infancia.
Yo hubiera deseado que me vieras un poco mejor de lo que era, menos flaco y menos esmirriado. Así y todo, yo compungido y acobardado por mi presencia física, logré que nos encontráramos muchas veces, recorriendo los cafés de Buenos Aires.
No pasó mucho tiempo para que nos fuéramos a vivir juntos. ¿Cómo explicar mi relación con vos, Florencia, mi amor? ¿Me habrás amado como yo? Eras para mí como la miel de las citas bíblicas, un producto sagrado.
Llevabas en la sangre la estirpe del tango devenida de tus padres, muy porteños e interpretabas en el piano, con una pulsación digna de cualquier hombre pianista (lo escuché decir a varios muy entendidos). Pero después de haberte acompañado a salas de baile de tango y que me enseñaras a “llevarte”, (expresión bien tanguera) un noche te llevé a un lugar donde compatriotas de mis padres hacían música al son de guitarras y tumbadoras. Guarachas, mambos y cha cha chas resonaban en los instrumentos y tú llevabas la música y la danza dentro de ti. Al primer cha cha cha, tus pies marcaron esa particular forma de rozar el suelo en esos tres tiempos seguidos y, Florencia, ya estabas en medio de la pista luciendo tu gracia, tu donaire. … Lo que yo llamaba dulce miel rociada con un toque de ron...Y como la música de nuestro país es la conjunción del ritmo español con el africano, tus caderas, sensualmente originaron un éxtasis total en la concurrencia. ¡Si parecías una cubanita recién llegada!
Nos instalamos en San Telmo. ¡Cómo separarnos! Tocabas el piano en una orquesta y yo pasaba la mayoría del día frente a mi vieja Remington tratando de escribir. La máquina corría velozmente al mismo ritmo de tu piano.
Y vuelvo a tus ojos penetrantes, tus ojos de terciopelo, mi Florencia cimbreante, junco mecido por una suave brisa. Florencia amorosa, amante delicada a la vez que voraz, buscando siempre ganar la partida… estoy recordando… nena, tu figura, tu cuerpo desnudo al trasluz, único en tu incomparable desnudez.
¿Para qué recordar? Si de pronto, en un instante, una mujer desconocida, con impiedad, con crueldad imprevista, cayó sobre mí como ráfaga helada, con mazazo traidor. Ahí, en la tibieza del cuarto de San Telmo, poblado de caricias y dulzuras, como un rayo fulmíneo dijiste un ” no va más, José María”. Y me quedé aplastado, anonadado, mirándote, Flor desconocida. Con las manos en la cintura, más linda que nunca, mas otra, terrible, hierática, de pronto como un huracán.
-¿Y yo? te dije en un susurro mortal. - ¿Y yo qué? - ¿Y mi amor? ¿Nuestro amor?... Tomaste un pequeño bolso y desapareciste de mi vida.
¿Dónde fuiste? ¿Dónde terminé? Caí en un hospital del que hace poco me rescató Manucho. Me llevó a su casa hasta que me fui reponiendo del dolor que casi termina con mi vida a no ser por él y los demás amigos que conocí en este país.
A toda costa ha querido sacarme de Buenos Aires y llevarme a las sierras de Córdoba a reponerme. Incluso me ha convencido de un trabajo en la redacción de un diario local y me resisto a irme de esta capital a la que me he acostumbrado, como si fuera porteño.
Internado en la sala del hospital trato de borrar de mi retina la última imagen tuya y ya fuera de él, no he hecho otra cosa que pensar en tí, y si se quiere, regodeándome con el dolor, codeándome con él, como con un amigo del que no se puede prescindir.
¿Fue realidad o una pesadilla? Debo haber soñado toda esta historia, esta historieta, que ni para escribirla sirve.
Pero siempre vuelvo a vos, Florencia, a vos. Sí. Viví por y para lo nuestro. Me resisto a ir a Córdoba. A alejarme de los lugares comunes que me hicieron tan feliz y tan desgraciado. Pero Manucho puede más que yo. Aprovecha mi desventaja. No tengo ganas de verlo porque sé que inmediatamente hablaré de lo mismo y cuando no sea con él, lo haré con otro y con otro también hablaré de vos.
¿Cómo hago? ¿Cuál será la forma de desaparecer de este infierno maldito en el que no veo más que lo que veo, Florencia? Tus ojos, tus manos y escucho tu voz seca al despedirte cuando lo nuestro habían sido rosas y mieles, tangos y boleros. Y bueno iré a Córdoba, trabajaré en el periódico, iré a comer con Manucho.
Intentará presentarme a alguna mujer y volveré todas las noches a soñar contigo, como casi todas las noches de esta alargada vida.
Y voy a Córdoba. Y en Córdoba da un vuelco mi existencia.
A mi llegada, mi amiguito Manucho lo primero que hace es invitarme a cenar con una chica, lindita ella, bajita, menuda, que se me cuelga al cuello diciéndome ¿así que vos sos el gran José María? Manucho no para de hablar de vos. La miro. La mido. ¿Sabrá toda mi historia? Ni se la pienso contar, pues que no se lo crea.
Con el cansancio que traigo, cansancio viejo, de la duración de tanta amargura, y Manucho que comienza con el tema del lugar para ir a comer. Ni me da a tiempo a resistirme y ya estamos cenando y él comiendo a dos bocas y la lindita tampoco para. Ella, insistente, me pregunta en un aparte qué opino de Manucho, porque está muerta con él. Y Manucho que ni la mira, absorto en sus vermicelli al vóngole.
Cuando ya se termina la cena y mi amigo se comió todo, porque siguió con pollo a la portuguesa, luego un gigante sambayón y después un heladito “para bajar el exceso”, retomó la segunda parte del arreglo de mi vida. Ya tenés dónde alojarte. Alberto quiere que compartas su departamento. Conocés a mi hermano, es un tipo fenomenal.
Ni hablo, ni lo intento, Manucho es el arreglador oficial. Manucho compone todo. ¿? No me queda más que pensar que el fenomenal es Manucho. ¿Habrá otro amigo como él?
Han pasado meses. Trabajo a todo vapor en el periódico. Mis compañeros son geniales. Los días se me hacen fáciles, porque el trabajo es mucho.
Pero las noches, ah, en las noches no descansan mis elucubraciones.
Nena, Manucho, el gordito cómelotodo, es el artífice de mi felicidad. Obvió la realidad para que yo pudiera salir del pozo. Te trajo a mí y soy el hombre más feliz del mundo.
Desde la ventana del 2º piso de la Editorial, te veo jugar con la bebita y eso es lo más maravilloso de mi vida que alguna vez fue un infierno y hoy es un paraíso. Lo demás está en mi unidad sellada, allí donde reservo mis recuerdos, pero en el olvido total.
Esta noche cenaremos como siempre en el restorán. Seguro que estarás linda como siempre, aún con el pañuelo en tu cabeza, que cubre las secuelas por lo que te alejaste de mí para no hacerme sufrir.
Sólo lamento no haberte acompañado en ésa, porque pase lo que pasare, estaré contigo hasta el fin, Florencia mía.

1 comentario:

Mercedes Sáenz dijo...

Querida Sonia: En este relato nos paseas de una forma muy buena por los pensamientos personales del protagonista y nuestros propios pensamientos. Todo el desarrollo con sensaciones muy claras y un final que puede interpretarse de varias maneras. Me encantó. Qué lindo es el nombre Florencia. Un abrazo, Merci