domingo, 9 de septiembre de 2007

FUE EN BUENOS AIRES


Y el cielo se puso azul negro. Ella hubiera dicho lapislázuli, y él, qué oscuro está. Corrieron tomados de la mano como hacía tantos años atrás lo hicieran. Esta vez ella no llevaba la pollera ajustada, mas bienpor el largo parecía una zíngara y él no tenía tenía los botines con cordones, lucía zapatillas deportivas modernas. Al llegar bajo el no algarrobo, ella, rubita, ahora gordita, ojos zarcos, bajó la cabeza. Él tomó su mentón, lo alzó y la miró fijamente…y el cielo se aclaró. Ella se extasió con la hermosa noche transformada. Él disimuló el temblor de sus manos. Alcanzar el algarrobo los fatigó. Fue una carrera cargada de emociones.
Treblinka y Auswitz los había separado. Hoy Argentina los unía, ¿para no separarse? No. Ya no más.
Hasta la liberación de Auswitz en enero del 45, soñaba el muchacho cuando apenas dormitaba, con los ojos de ella. Soportó lo indecible, pero cuando se dio la orden corrió durante horas, llevando aún en el pecho el triángulo rojo de prisionero político. Jana en cambio, pobrecita Jana, hermosa Jana, apretando su violín contra el pecho arrastraba todavía consigo la cabeza rapada, apretujada entre los que no cabían en el tren de la muerte, del que zafó, por estar desmayada debajo de otra.
Una mano generosa los instaló en Buenos Aires sin saber uno del otro hasta que la casualidad hizo que se encontraran y el algarrobo fue testigo del abrazo que se debían y del temblor del muchacho hecho hombre fuera uno sólo.
En el encuentro, dijeron al unísono jamás olvidaremos los horrores del campo, la miseria humana a la que fuimos sometidos por la caterva de “privilegiados”. Habían perdido todo, casa, dinero, familia, por la locura de un fanático y sus sumisos cómplices de las aberraciones. Perdieron todo. Todo, menos el honor. Comenzaron una nueva vida. Bela vendía camisetas por la calle en el barrio del Once. Jana cosía vestidos para las mujeres adineradas de “la cole”,
¿Y René? ¿Y los cinco añitos de René?
Otra mano bienhechora ignorante del destino de ambos, la trajo a Buenos Aires desde un convento italiano, arrancada de los tentáculos nazis, recogida en las sombras entre el miedo, los gritos y amenazas. “La cole” los reencontró. Ahora estaba René.
Los tres fueron uno.
Los tres Brunn en Buenos Aires.

2 comentarios:

Mercedes Sáenz dijo...

Querida Sonia, me gustó mucho. Me quedé con ganas de más. Un René más tiempo. Ese tres en Buenos Aires me quedaron cortos después de tanto horror. Será que quiero que escribas más... Será porque me gusta de quién viene y lo qué dice.

Sonia Cautiva dijo...

Mercisa:
Seguiré con René.
Te lo prometo, lo haré en una de éstas, mis noches con mis ojos turbios por el dolor que tengo. pero me anima a escribir.
Formas de retomar el sueño.
Un abrazo, mi lectora incansable y a la vez musa de mis ganas de escribir.