martes, 28 de agosto de 2007

CHILA

Sentada bajo el tilo, jugaba con piedras, chiquitas algunas, otras más grandes, un montoncito de negras, otras brillantes marrones y cantidad de pardas. Ella buscaba con afán las diferentes. Sólo le importaba encontrar la distinta. Era su único juego en el descanso, cuando ya había ayudado en muchos quehaceres a su mamá, esa mamita joven que trabajaba tanto, que tanto la quería a ella y a sus hermanitos.
- Chila, traé el agua para lavar a los chicos, se está haciendo tarde y tu papá debe estar por llegar. Chila, tenés un pancito que acabo de sacar del horno, comélo. Chila, fijáte si ya viene , se me hace que estoy oyendo sus pasos. ¿Es él?
Así era su vida, Comía el pan que amasaba su mamá y le gustaba mucho, la ayudaba todo lo que podía con los chicos, esperaba al papá por si traía algo, el jornal, o de repente quizás alguna vez una golosina. En tanto jugaba con sus piedritas… esas piedritas que ¡vaya a saber qué connotación tenían! y en tanto soñaba que iba a crecer y ayudaría mucho a sus papás.
Con sus nueve añitos, Chila aún no sabía que podía ponerse hermosos vestidos y cubrirse de colores como los de las mariposas o las florcitas silvestres que en una lata mamá tenía plantadas...y llevar su pelo peinado de disímil forma, comer cosas ricas como en otros partes se acostumbraba, que no fueran como las que se encontraban en ese lugar cargado, saturado de basuras. Ella no tenía, ahí donde vivía, (ignoraba que estaba tan cerca de la capital), televisión ni radio, aunque sí sabía cómo eran, pues por ahí habían habido algunas abandonadas que otras personas, merodeadoras y habitués como ellos, se llevaban para arreglarlas y venderlas. El papá de Tomás, con el que a veces jugaba y ella lo quería un poquito, mas no tanto cuando se la pasaba pateando cuanto encontrara y le tiraba tierra a los ojos, el papá de Tomasito, había arreglado una y se la quedó y andaba y aunque ella no la veía, escuchaba la música desde su casa y en el fondo de su corazoncito anidaba un poquitín de envidia.
Un día cualquiera, de ésos en que todo era igual, en los que no pasaba nada diferente, paró frente a la casilla, un coche del color como de la luna y bajó de él una linda chica, con el pelo largo, tan largo y brilloso como su coche y pantalones blancos muy blancos y una blusa exageradamente roja.
Y la chica de pelo largo y blusa roja se puso a hablar con su mamá.
A partir de ese día, la linda chica venía seguido, continuamente, hasta que una vez, le pidió a Rosita, su mamá, llevarla a dar un paseo Rosita, la dejó ir con ella, a pesar que no estaba acostumbrada a que su hija saliera así porque sí, con gente casi extraña. Pero la muchacha linda le aseguró que la cuidaría y que el paseo sería corto.
¡Nunca había subido a un coche, menos a uno como ése! El asiento parecía de algodón, todo blandito, tan suave que le hacía cosquillas con sólo tocarlo.
Laura, ( le dijo que se llamaba así ) la llevó a dar una vuelta por muchas calles hasta llegar a su casa. ¡Las cosas que vio en el camino! Por ejemplo, casas muy pero muy altas con cantidad de ventanitas chiquitas y otras más chicas todavía, con rejas verdes y negras y con muchas flores de miles de colores, (flores que no conocía). Sólo sabía de las florcitas silvestres de las macetas de lata de mamá.
Cuando el auto paró, a Chila se le cortó la respiración. ¡Que hermosa era la casa! Estaba al fondo de todo, porque primero venía un jardín con muchos árboles, más cantidad de flores aún, flores por todos lados, como las que había visto en el paseo en coche. Sus ojos estaban inundados de colores como el arco iris que solía ver por las tardecitas después de la lluvia.
Entró a la casa temerosa, ¡como no la conocía! Laura la hizo pasar llevándola de la mano.
Enseguida le mostró su televisión y lo encendió. Chila vio cantidad de figuritas que se movían y que la hicieron reír. Más tarde le trajo un parva de libros, también con caras, coches y pájaros, la llevó a su habitación, le mostró su cama, su ropero y un hermoso espejo donde Chila se miró. Primero de soslayo. Después se volvió a mirar detenidamente.
Laura le pasó su mano por la cabeza y le dijo que era muy linda, la peinó, le puso una hebilla en su pelo y le prometió que iba a pedirle a su mamá que se lo dejara crecer tan largo como otras nenas que habían visto por la calle.
Las visitas de Laura se repitieron a la casa de Rosita y juntas la nena y ella consiguieron que mamá la dejara quedarse a dormir varias noches en esa casa tan linda... y aunque había diferencia entre los 9 añitos de Carolina, bah, Chila, y los 23 de Laura, se hicieron muy amigas. Tanto, que ella, con permiso de los papás, la llevó un día al cine (gran festejo) y otro día fueron con Nahuel y Martín, sus hermanitos menores, que ansiosos estaban a la espera de entrar en escena..
En las oportunidades que los llevaba a su casa, además de dejarlos ver televisión, les proveía de cuadernos, lápices para que dibujaran, garabatearan e hicieran cuanto querían. Les enseñaba las letras algunas palabras y también números.
Pero a Chila la preparó para dar un examen y así aprobar el primer grado.
Cuando las clases terminaron, Laura los inscribió en el colegio para el nuevo año escolar y a Chila la acompañó con su mamá a dar ese examen de primer grado. Como la pequeña aprobó y con buenas notas, su mamá se puso tan contenta que no dejaba de abrazar a Laura y a Chila felicitándolas con besos y caricias y lágrimas en sus ojos por el esfuerzo hecho de su hijita y esta amiga venida de donde ni ella podía siquiera imaginarse.
Laura acompañó a estos tres hermanos en toda la adolescencia de cada uno aconsejándolos en todo lo que necesitaran y poco a poco fue cambiando la vida de la familia Vargas. La de mamá, la de papá y la de los tres chicos.
Al poco tiempo, el padre de Laura que era un trascendente industrial hizo ingresar en su empresa al señor Vargas como ayudante de albañil, que era lo que éste sabía hacer. El sueldo si bien no era muy importante, ganado todos los meses, alivió y solucionó parte la situación de la familia.
Pudieron entonces, mudarse a una casita humilde pero confortable en el barrio de Parque De Los Patricios y terminar la escuela primaria.
Si me preguntan si estaban contentos les diré que sí, muy contentos porque Nahuel y Martín, como Chila siguieron estudiando, con sacrificios, pero lo hicieron.
Primero terminaron la escuela secundaria y luego, los varones, pequeños hombrecitos, decidieron con ayuda de sus padres y Laura elegir una carrera.
Nahuel, al que le gustaban mucho los deportes, se inclinó por kinesiología, ya que pensaba que podría ayudar a los deportistas cuando tuvieran algún problema físico, especialmente si tenían algo que ver con el futbol.
Martín quiso ser abogado porque decía que él solucionaría los problemas de la gente, que los tenían y él ya se había puesto al tanto de ello.
Los papás estaban orgullosos con sus hijos que en tanto estudiaban, hacían changas para colaborar con ellos..
Chila, la pequeña coleccionista de piedras allá en su infancia conservó muchas de ellas, aquéllas de cuando era una niña. Las tuvo siempre en una botellita en su consultorio de psicóloga, que a eso de dedicó, a la Psicología y se especializó en atender niños y adolescentes.
Mientras el correr del tiempo, Laura se hizo mayor y considerada, colocándose verdadera tía de estos tres hermanos y una auténtica hermana de sus padres, un día enfermó. Se complicó con algo no muy serio pero que necesitaba de cuidados y Laura los tuvo.
La familia Vargas entera se ocupó de ella, pues Laura era su familia.
Yo, que ando mucho por los barrios donde vivían los Vargas, conocí a Laura, a doña Rosa, a Don Raúl y a los tres hermanos..
Moran hoy en la casa de verjas negras y el jardín con muchas flores, cuidan con amor a Laura y son todos juntos muy felices, como en los cuentos que contaban las abuelitas.

1 comentario:

Mercedes Sáenz dijo...

Me encantó Chila, Sonia. Un abrazo, muy muy fuerte. Merci