sábado, 24 de mayo de 2008


ANTONIETTA



Bajó del barco con la valijita de cartón que le regaló Nunciatta. Llevaba poca ropa, tan poca. Si conseguía trabajo no tendría que ponerse por mucho tiempo.
El viaje había sido largo. Le recomendaron con insistencia que tuviera cuidado, que no hablara con desconocidos (desconocidos eran todos), hasta llegar a ese puerto de Buenos Aires. Cumplió al pie de la letra.
A veces un hombre la miraba de reojo asustándola. En particular le distraía su atención puesta continuamente en la inmensidad que parecía aclamarla hacia lo más profundo, la forma de calzarse la gorra sonriendo misterioso en medio de vaivenes y malabares de un circo detenido vaya a saber por qué. Tampoco le gustaban la señora gorda y su hija flaca, salidas de una película que vio en el cine del pueblo, la
del cómico con bigotes y bastón, no se acordaba el nombre, que la hizo reír como nunca. Las dos, madre e hija se la pasaban espiando desde su lugar, atentas a los movimientos de cada uno de los muñecos oscilantes en el tráfago de la aventura compartida. Ensueños, sueños, esperanzas, promesas.
Un personaje la impresionaba de verdad. Tenía el aspecto de un truhán y vestía como tal. De zapatos negros brillantes a la luz del sol, presente y perseverante horas y horas, dos espejos, como su pelo partido en dos, apretando la cabeza en el esfuerzo de ganar espacio. Camisa negra, corbata blanca. Seguro que era un mafioso. ¡Por la Madonna!
De miedo en miedo terminó la travesía.
En el puerto, el fantasma que iba y venía por su cabecita de inmigrante de saber el lugar adónde iría a vivir, la atormentaba desde el mismo instante de la partida de la costa de mar azul que recién había conocido tras bajar de la montaña del pueblito pequeño querido. El fantasma se agigantó.
Se sentó en un banco con desconsuelo y el correr de las lágrimas acumuladas y lloró por todo. Por la muerte antes del alba de su madre, por el abandono del padre ente la ausencia de su mujer, la falta de familia y la pobreza que pegaba fuerte. Ante tanta falencia denigrante como toda la pobreza del pobre, trabajando, buscando, rebuscando liras, decidió irse. A Buenos Aires. Había oído mucho de Buenos Aires. Y de Italia a Buenos Aires la distancia era mucha. Sus dieciocho años se impusieron a todo consejo de los aparecidos de la nada. Atrás quedaron el barbero y su señora, el cura y el comendatore.
Así como así, Antonieta pasó a ser en Buenos Aires de la familia de Marccello su amor repentino, impensado y ferviente pasión que de rápida amistad pasó a ser compromiso matrimonial. Él terminaba estudios de Medicina y ella prendió a hablar en porteño y después un curso acelerado de estudios secundarios.
Todo perfecto. No soñado. Hasta la fiesta del compromiso.
Entre los invitados la tanita descubrió que el primo predilecto de la familia
de él, era nada menos que el mafioso del barco.
La noche que debió ser espléndida, con su vestido de gasa y el traje impecable de él, se convirtió para Antonieta en un tormento. El hombre no dejaba de acosarla con aviesa mirada de halcón avistando la presa marcada.
Entonado con varias copas demás, la arrebató de los brazos del novio, insistente con la desazón y la vergüenza de la muchacha.
¿El final de esta simple historia?
Nunca dejaré de llorate, Marccello, amor de mi vida.
Antonietta

2 comentarios:

mercedes sáenz dijo...

Toda la sensación del inmigrante, el miedo, la espectativa, el Buënos Aires. Todo me gustoó Sonia. Ese final esperado inesperado también. Están muy bie manejadas las sensaciones, Te felicito amiga! Un abrazo Merci

A. M. Vermon dijo...

Asesino!!!
Hay que meterlo en la carcel, sin 2x1, ni beneficios por edad madura, ni buen comportamiento ni nada.
Pero este mafioso con la plata algo se va a inventar, dira que es hincha de Racing que es inimputable por tanto dolor acumulado???