viernes, 9 de mayo de 2008

CLASE ABIERTA

Se hacía tarde y no llegaba. Sabía que la mirada irritable, eterna, de esa mujer, la recibiría para desaprobar su tardanza. Bajó rápido del colectivo, diríase que se tiraba a una pileta muy profunda. Bajó del colectivo repleto de pies inmóviles y cuerpos cansinos como el tiempo viejo. Corrió las dos cuadras como si fuera la recta final de una posta 4 x 100, entre otro mar de pies igual de inmóviles, detenidos en una estasis ininterrumpida. Subió la escalera oscura y de peldaños astillados por el traqueteo constante de frustradas bailarinas, con fatiga y susto. Escalón por escalón no dejó de pensar en ella. Siempre seria, jamás amable. ¿Por qué al conocerla se anotó en sus clases? Si podía no hacerlo. De esa mujer algo le atraía y no captaba qué. Era la mejor, la mejor, en danza contemporánea. Había recorrido el mundo con su danza. Era reconocida como la mejor
.El precio seguía siendo demasiado alto.
Llegó. No le daban las manos para cambiar su ropa por las calzas cómodas y la remera con los ojos mansos e invulnerables del Che. Acariciaban su piel diciéndole animate, seguí, es la mejor. La mejor. Con su rictus amargo, el pelo rojo suelto, aleonado, las manos palomitas en vuelo y los pies firmes remarcando con fuerza su voz.
Se descalzó. Entró por fin. Nerviosa acomodó el mechón pelirrojo que le tapaba la mitad de su cara de niña asustada. Ella no la miró. La ignoró….primera…segunda…demiplie…diagonal…la voz resonaba en la sala despejado lago Lácar. Tomada de la barra se miró en el cristal, detrás de ella la otra la observaba. Entró en pánico, ése, el que por las noches solitarias., en una oquedad buscada, la acometía y no se iba hasta la madrugada.
¿Por qué vuelvo? ¿Por qué no cambio de horario, de profesor? Sus preguntas silenciosas de todos los martes y viernes Hoy viernes otra vez.

La fecha de la clase abierta se aproximaba y le recordó a su papá.
Le gustaba bailar y bailaba como si le fuera en ello la vida. Él le pagaba las clases regularmente sin una pregunta. A papá no le interesa que baile, se lamentaba. Papá quiere nada más que apruebe las materias de derecho, pero no puedo dejar de bailar.
Clase abierta al fin. Compró las calzas y el torso que usaría.
En la sala del teatrito lleno, José se ubicó en la última fila. José, observador nato, se distraía con la gente, las luces, el programa. Marcela bailaba en la primera y segunda parte y en el cuadro final
Bailó con su cuerpo envuelto en la luz de Calíope iluminada desde el cenit.
Su saludo fue el de una hoja en la hojarasca acunada por la brisa arrastrándola a un tiempo sin final, alejándose y perdiéndose en el espacio.
José supo distinguirla entre todas, reconoció los destellos de sol brillante y luna de plata de sus cabellos y las manos aladas que corrieron a abrazarlo.
No pudo sentarse a su lado. La mata leonina y roja de otro pelo junto a él lo miraba fijamente, con lágrimas tiernas, perdidas en años pasados, años de recuerdos inolvidables, abrasándolo con las chispas de su cuerpo aún encendido.
La hoja llevada por la brisa buscó el vientre de la madre conocida de pronto.
No cambió de profesora.

2 comentarios:

mercedes sáenz dijo...

Sonia: me encanta el manejo de los pies en la primera parte tan significativod cuándo son el inicio de la historia. Tiene mucha poesía y da la impresión de haber sido cierta, tal vez po cómo está contada. Gracias por tus comentarios (ambos exageran), un abrazo Merci

Sonia Cautiva dijo...

Merci:
gracias por tu comentario, vos siempre delicada y magnánima.
El relato, porque no pasa de ser más que eso, tiende a ser real porque frecuenté algo el ambiente, pero es ficción, pura ficción.
Un abrazo
Sonia