miércoles, 22 de octubre de 2008

EL, ELLA...EN EL TIEMPO











Un cuerpo vigoroso, armónico , una voz melodiosa, enérgica...
Todo en un hombre que aclamaban desde las tribunas. Juancito, Juan, Nano, tenía la virtud de ser vitoreado.
¿De dónde emergía ese ímpetu, ese talento para abordar las disciplinas todas las disciplinas del atletismo o la entrada al agua en una pileta profesional como la del parque de los Patricios, delfín, apartando las aguas en dos sin que a una gota se le ocurriera salir de su lugar?
El hombre de todas las capacidades, deportista completo, profesor de convocatoria como unos pocos cuantos, complaciente jefe de familia, padre tierno.

Aún veo su figura estilizada, de guardapolvo blanco, cabellos negros pegados a su cabeza como lamidos por mis besos.
Aún tengo su sonrisa blanda, comprensiva, los ojos destilando ternura y esforzando dureza, al querer ser fuerte ante 1.000 ó 1500 niños también de guardapolvo, no tan blancos y al cuerpo, como de prestado.

En el Parque de Recreación donde era Director hacía sonar la campana silenciosa, sin badajo, para mantener el orden ante la multitud barrial, pobre mas no miserable, un sinnúmero de chiquilines en orden, a la espera de regalías como la comida, la atención médica, el cuidado de los dientes, la odiosa y obligada siesta en las sillas tijeras bajo la sombra de los árboles del verde o la deseada entrega de los Reyes Magos en enero.

Aún atrapo la cabellera dorada de ella, en un rodete que la hacía señorial, asomada a la diminuta terraza del departamentito en el mismo predio, en estricta soledad, desde donde miró cuanto podía, casi 10 años, los vaivenes de él, de nosotros tres y de la cantidad de cabecitas carpinchos que pululaban trajinando de aquí para allá.
Aún los veo a los dos. ¡Ah! ¡Cuánto los necesité, parasoles del infernal estío y de los horrendos días de frío!
¡Cuánto los necesito hoy! Forzosamente me refugio en interminables recuerdos.
Por la tarde, ya bajo el sol o habiéndose enfriado el día, él solía preparar en el deporte a cantidad de elegidos, naturalmente o por su empeño, para presentarlos en clubes importantes y hacerlos verdaderos deportistas, a su estilo.
Y nosotros tres hacíamos lo posible para ponernos a su altura. ¡Cómo nos costaba! ¡Pero era tal su perseverancia y tanto su conocimiento!
Después, privilegiados de la vida, en fecha escolar, nuestras obligaciones nos esperaban, (en ese entonces eran obligaciones; hoy es un agradecimiento a sus desvelos). Favorecidos, porque jamás pude saber si algunas de esas personitas de la colonia, que no pasaban los trece años, tuvieron acceso a salir del medio. Nosotros, sí.

Una tarde de verano, un domingo, en que él nadaba en la pileta de la colonia haciendo maravillas desde el trampolín, nos sugirió ir al Tigre donde teníamos “El Palomar”, como había bautizado ella la casita de Parque Alegre, allá en el Delta. El Tigre no me gustaba. A los demás, sí. Pero a fuerza de no contar con otra distracción a mi alcance, no me quedó otra que ir. Odiaba el tema.

Él se solazaba con el paisaje describiendo el Paraná de las Palmas y contaba las anécdotas de su juventud en las islas, en la casa de sus parientes en el arroyo El Ceibo, a la altura de la provincia de Entre Ríos, donde se sucedían sus veranos juveniles, pescando y cocinando para ellos, con gran alegría de los familiares isleños, a quienes les llamaba la atención esa faceta de un porteño.
Y fuimos.
Hacía calor en la lancha colectiva, barcaza con asientos laterales como para pasar a dar lección al frente. La heterogeneidad del pasaje contrastaba con el pasaje. Una señora con sombrero, el sombrero calado característico de las señoras mayores extranjeras para cubrirse del sol, con aire de viajera habituada, bolsos a sus pies y a sus costados, espiaba con subestimación a los demás, en tanto dos cañas de pescar nuevecitas emergían de dos pequeños pigmeos que interrogaban al padre a cada rato para saber cuánto faltaba. A esto se sumaron dos personajes estrafalarios, raros, atemporales, vestidos incomprensiblemente, que secreteaban en un cuchicheo ininteligible.
En tanto, una parejita, ella muy Dorys Day, con unos grititos altisonantes y él, galancito de telenovela, alababan hasta el color de los almohadones de los asientos, que eran casi descoloridas No perdían detalles del paisaje.
Una nena lloraba a todo moco por el miedo que le producía el ruido de la lancha, el agua que nos rodeaba y la gente.
Justamente esto me pasaba a mí, con la diferencia que yo tenía quince años y no lloraba a moco tendido. Yo viajaba asegurándome con las manos la presencia de los salvavidas debajo de los asientos, porque estaba convencida que el sólo contacto con el agua produciría mi muerte.
Al fin llegamos al muelle de Parque Alegre.
Yo, aburrida. Yo, resignada.
Ella y él ocupándose de nuestros bolsos, mis hermanos retozando por la cuadra hasta el Palomar, tratando de avistar a Banderín, blanquísimo y fácil de montar. No para mí y sí para mi hermana que lo bañaba y cepillaba en cuanto llegábamos.

Ese fin de semana llovió a mares y agradecí haber llevado” La Ciudadela” y así leer, apartándome un poco de lo que consideraba “los chicos”. Pero los pequeños no soportaban el encierro y él los llevó a cazar ranas.
Ella, que no acostumbraba a sestear, se recostó, recreándose vaya a saber en qué pasaje de su hermosa juventud llena de música. Y yo me regodeé con mi libro, quedándonos las dos bien solas a nuestro gusto.
La casita era alta, por lo que no me mojaba ni los pies, que era lo que más me fastidiaban.
¡Ésa cosa mía con el agua del río!
Estaba bajando el sol y oscureció muy pronto. Ella se impacientó por la tardanza y me di cuenta aunque disimulara de su nerviosismo.
Las ranas croaban insoportablemente fuertes El agua caía anegando la planta baja. A ras del suelo, asomadas por la ventanita, vimos una luz. Parecía un farol. A mí se me ocurrió que el lucero se había caído. ¡Cómo iba a haber lucero con esa nochecita que se avecinaba!

Un - ¡hola! ¿Hay alguien? nos sacó del silencio de la ciudad de los muertos en que se había convertido El Tigre. Ella muy asustada, (se asustaba de todo), preguntó con una voz salida de sus inmensos temores - ¿Sos vos? Silencio intenso. – ¡Ay! no, nena, no son ellos. Tuve miedo, como esas tantas noches en que los fantasmas de los vivos y los de los muertos vivos me atormentaban despertándome en un océano de hielo, hasta que “él” ponía sus manos sobre mi frente y yo volvía a tener paz.
Se acercó el foco y cuál fue mi sorpresa al ver a” los raros”, despeinados, embarrados, preguntándonos con desazón si podían entrar a la casa.
Ella, vencido el miedo por la hora avanzada y las voces extrañas, aceptó y yo me quedé mirándolos. Ya no eran los raros de la lancha colectiva, eran dos chicos como yo, como mis compañeras del Normal. Se les habían ido, por la mojadura, los peinados espantosos que los hacía particulares. Mamá les ofreció ropa para cambiarse y un té. Yo seguía con mi asombro. ¡Eran comunes!

Y contaron sus historias, tan normales como ellos, y tan tristes como la de tantos!
Mal en casa, mal en el colegio, a la búsqueda de otra vida, sin padres los dos, sin intereses, sin compromisos.
Los cazadores nocheros regresaron y encontraron las visitas. Con su benevolencia oculta y aparente adustez, mi siempre “caballero andante”, mi “Cid”, conversó con ellos largo rato. Como siempre, se dio al rescate, a la plática instructiva que no aburría, que deleitaba.
Se quedaron el fin de semana hasta que la lluvia amainó y se fueron con una fuerte y firme promesa de volver a vernos. No nos vimos más.

Hace un año, a tantos de ese episodio en el Tigre, sin ÉL y sin ELLA, mis padres que ya no están, en la guardia del hospital donde trabajo, encontré dos caras que reconocí de inmediato:… “los raros”.
Él, médico, ella, enfermera, bajaban de la ambulancia a un herido de bala, en pésimo estado.
- Apuremos gorda, comunicate con los chicos a ver cómo están así al terminar la guardia vamos para casa. En una hora, más o menos, avisales.

Desde hace un año, después del encuentro en el Hospital, volví a hacer la misma promesa hecha allá por el cincuenta y... pero esta vez, con frecuencia seguimos viéndonos y la mayoría de las veces les contamos a nuestros hijos pasajes de nuestro encuentro, en una noche lluviosa en El Tigre, con el recuerdo de los dos personajes maravillosos que conocieron y que nosotros tuvimos como padres.








1 comentario:

mercedes sáenz dijo...

Dos historias juntas y paralelas y tan lindas las dos que cuándo acaba querés seguir leyendo más. Es muy tierno la parte del recuerdo de tus padres, la sensaciones que todo produce relatado desde la niña y a partir del recuerdo llegar al presente, todo hecho con puentes muy buenos. Además del homenaje a tus padres, es un bellísimo relato. Un abrazo, hermana. Merci