jueves, 20 de noviembre de 2008






EL SONIDO DE UN SAXO

Algún día sabré la verdad sobre la desaparición incomprensiva e imprevista de Estela Sutter Campodónico, a quien conocí en el taller de plástica donde Mariana y yo dábamos clase a alumnos de Recoleta tanto como para aumentar un poco lo que ganábamos.
La familia Sutter vivía en un edificio imponente en Arenales y Callao Ocupaban un piso suntuoso, algo lóbrego, con mármoles negros, arañas de alabastro con caireles de cristal pocas veces encendidas del todo. Era una propiedad heredada de los primeros Campodónico, venidos de Europa para 1895, de categoría acorde con las pretensiones de sus moradores, frecuentados por familiares y amigos de apellidos ilustres, como muchos aristócratas de la estirpe argentina de esos tiempos. Estela, la menor, no tenía los aires y despliegues sociales de sus padres y hermanos si bien se acomodaba, en una aparente armonía, soportando estoica y silenciosamente. Mientras los padres vivían entre los campos de Chascomús y Buenos Aires, Diana, Elena y Eduardo, el hermano mayor, autoritario y medio enfermizo, no se movían de la capital y menos Estela. Diana y Elena tocaban el piano y el violín cuidadosamente bien, mientras Eduardo ejecutaba el contrabajo y todo instrumento de cuerdas. En sus repertorios, Beethoven y Vivaldi eran un clásico. Ellos hacían un trío hegemónico, por supuesto siempre con las direcciones y observaciones caprichosas y obsesivas del primogénito.

Entre los tres insistían para que Estela continuara con la música, que había abandonado, pero no lograban convencerla. Ella se ocupaba del arreglo de la casa, de ordenar las compras a Teresa, la doméstica, ir a clases de pintura dos veces por semana y mantener las prendas en buen estado. Afecta a la lectura, ocupaba las tardes y las noches en ello, mientras las chicas y Eduardo dedicaban la mayor parte de sus tiempos en ensayar, tocar en la casa para los amigos y de cuando en vez, hacer un recital en el Mozarteum.
Estela, entre la casa, su plástica y la lectura, se desentendía amigablemente de ellos. Amigable y distante. Distintas ocupaciones, diferentes gustos, los tres hacían uno.
Estela era únicamente una.
El día en que Federico tocó el timbre, con sus ojos penetrantes y su fuerte mano en el apretón, cambió la vida de los Sutter Campodónico. ¿Quién era este hombre de aspecto de medio pelo que preguntaba por Eduardo? ¿y con un saxo en un estuche lustroso y ajado?

Estela lo hizo pasar al palier; no sabía qué hacer. Persistió este muchacho mal trajeado en ver a Eduardo, que estaba ensayando. Ella lo miró de arriba a abajo midiéndolo, interrogante y desconfiada y le pidió que esperara. Cuando lo anunció, Eduardo, que jamás permitía interrupciones, dejó inmediatamente de tocar y salió disparado para atender al ”tipo éste que quién sabe uno quién es”.
Con un abrazo y una alegría desconocida en él lo invitó a acompañarlos. Federico Aguilera, que ese era su nombre, saludó a las hermanas tímido y cortés, sacó el saxo del estuche y se preparó para ver qué pasaba con la partitura de Vivaldi que estaba en el atril. Las dos mujeres se quedaron observando este imprevisto examen de Federico y enmudecidas se olvidaron del aspecto, de las dudas que tenían y se extasiaron con un petit concierto de un virtuoso improvisando.
Estela se quedó fuera de la sala conservando su indiferencia hasta que terminado el pequeño concierto, se sumó a los otros para despedirlo, manteniendo su actitud de verlo sin mirarlo. Dejó bien clara su posición de disgusto por el estorbo ocasionado.


Con el correr del tiempo las visitas de Federico Aguilera se repitieron para hacer música así como se reiteraba la incomodidad de la muchacha. Las amistades, al conocerlo, despectivas, se preguntaban de dónde habrían sacado los Sutter a ese ejemplar tan fuera de lugar, mientras otras empezaban a reconocer su ángel instrumental.
Una mañana en que Teresa limpiaba la casa, limpio sobre limpio, escuchó que las voces en la sala de ensayo iban subiendo de tono hasta convertirse en una exaltada discusión. Se abrieron las dos puertas de vitró y Federico salió disparado como ráfaga centelleante.

Nunca más se lo volvió a ver en el edificio de Arenales y Callao.
El trío de los hermanos siguió como siempre ensayando sus arias y tercetos, tocando en recitales en una suerte de actividades parejas, sin pausas ni sobresaltos. Nada hacía presumir que hubiera comentarios de los allegados, salvo alguna pregunta aislada sobre Federico, pero sin mayor importancia.
Una tarde como todas las tardes a la hora del té aburrido y pacato, servido mecánicamente a la espera de que afortunadamente sucediera algo distinto, mientras se ubicaban a la mesa, con toda la platería antigua, pesada, valiosa, Diana preguntó por Estela, que no se estaba haciendo cargo de servir como habitualmente lo hacía. Ninguno había notado que desde el mediodía no se la veía. Se hizo la noche. Eduardo volvió a preguntar por ella y se quedaron en vela esperando su aparición ya que jamás había pasado una noche fuera de casa.

No se animaron a llamar a nadie por temor a las habladurías. ¡Justo a ellos les tenía que pasar esto, tan organizados, tan selectos, tan de la elite! ¡Vaya a saber uno los comentarios de los Gálvez o los Álvarez Marttinelli!
Pasaron dos días. Al tercero llamaron al campo a don Pedro que regresó con su mujer de inmediato y decidieron dar parte a la policía. Ésta tomó el caso con la indiferencia acostumbrada. “Estará en casa de amigos”, “es una muchacha grande”,” habrá viajado” y otras posibilidades por el estilo. Quedaron en investigar y quedó asentado como “la desaparición de su hogar, de una mujer trigueña, de ojos marrones, estatura normal, cabello recogido, de unos treinta años, vestida de negro”...Estela no apareció más.
Eduardo siguió ensayando y tocando como si nada, las muchachas se recluyeron en la casa por las murmuraciones y don Pedro y la señora Agustina, abatidos, volvieron al campo por si la hija aparecía por allí.


Esa tarde de febrero, calurosa, infernal como son las tardes de febrero en Tucumán, de vacaciones, salí a pasear con los chicos, mientras Mariana se quedaba en una peluquería. Volví por el Chevrolet y me encaminé hacia el cerro San Javier por la avenida Mate de Luna. Otro día volvería con Mariana.
En el camino se paró el motor. Pensé que estaba apunado y nos bajamos. El calor era agobiante; los chicos me pidieron agua y al divisar algo que parecía un parador pero sólo era una casita precaria, nos acercamos. Salió ladrando, viniendo hacia nosotros un perro vivaracho, rengo de una pata, limpio (demasiado). Los chicos se agarraron de mis manos y los solté para poder golpear con ellas y una mujer apareció del casi rancho. Detrás un hombre.

Estela Sutter Campodónico y Federico Aguilera nos dieron las buenas tardes, una botella con agua y nos desearon feliz paseo. Detrás, salió un chiquito buscando al perro y nos miró con una gran sonrisa.

Era un niño de pelo trigueño que le tapaba uno de sus ojitos negros, igualito a Don Pedro Sutter Campodónico.




1 comentario:

mercedes sáenz dijo...

Querida Sonia: Nada sabía de esta historia. Me encantaría saber más. Un abrazo. Merci