miércoles, 19 de noviembre de 2008






La trenzuda

Sentado, caracol en su casita bajo el fiel amigo silente, su único recurso en los espacios del día en que su mate no le daba tregua, Beto ¿le diste de comer a las gallinas? che, Beto, fijate si el tobiano está para montar, nene, corré hasta el alambrado que golpean, Beto, vení en el sulky y me ayudás a bajar las sandías. Y así todo el día, eso y mucho más.

Beto, Beto, el nombre no se les gastaba nunca. No lo dejaban pensar. Porque él tenía que preguntarse una y otra vez por qué la trenzuda no lo miraba y mascullar también, por qué era el objeto de su indiferencia.
Estaba clarito, a esa mocosa de trenzas largas y ojos negros, tan oscuros como las noches sin luna, le gustaba el Pancho. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? El Pancho era, ¿cómo decirlo? y, atlético, un elástico… más alto que los demás pibes, más rápido. Saltaba las ramas como un gato, con facilidad, cuando él, que lo imitaba a escondidas, se caía y siempre salía con las rodillas raspadas. A todo esto, el tío Pedro lo llamaba para todo.
¡Cuántas veces pensó en ponerle el pie para que se cayera así la trenzuda se reía de él! Pero el Pancho igual no se iba a caer, si era de goma. Encima no se animaba.
Hasta que lo intentó. El Pancho venía con todo, haciéndose el campeón y un tronco bien grueso le cortaba el paso. En el momento que saltó con gracia, como sólo él sabía hacerlo, el Beto le puso el pie y el primero que cayó fue él. ¿Qué hacés pibito? Y el Pancho y la mocosa se rieron a carcajadas.
¡Cuánto sufrió por esas trenzas y esos ojos! Hasta que cumplió los quince y se mudaron dos puestos más lejos. No la vio más.


Montaba el tobiano y se le ocurrió llegarse hasta el árbol cueva, ya tenía veinte y el tío lo dejaba irse lejos. Se sentó debajo y lagrimeó como una mujer. ¡Hombre grande! Tengo veinte años y lloro como una chica.
Una piedrita le pegó en la espalda, se dio vuelta y nada. Al rato, otra le dio en la cabeza y ahí, enfrente de él estaba la trenzuda, sin trenzas, con el pelo suelto, taladrándole los ojos con los suyos negros.
¡Mirá Beto que te pusiste lindo! Ni sí ni no. Se paró de golpe, la agarró bien fuerte y le estampó un beso. De ésos, de los que había soñado toda la vida.
Las mechas de ella le rodearon su cuello envarado.

3 comentarios:

Alejandro FIGUEROA dijo...

Sonia! !Qué renovado veo tu blog! Eso habla de tu juventud, de un cambio interno que se hace piel. Me encanta que la gente no envejezca...
Gracias por tus eternos piropos, son unos mimos al alma tus elogios.

Te mando un beso enorme. Seguí cambiando y escribiendo historias como ésta (la trenzuda tranzó!, podría ser el subtítulo, ja!)

Un besote.

Sonia Cautiva dijo...

¡Ay loco lindo! Con todo lo que llevás adentro!!!
Sonia
Un abrazo, amigo chiquito

mercedes sáenz dijo...

Sonia, hermana, me encant este texto, hay una manera diferente de escribir y mucha belleza en ello. Un abrazo. Meci